Sobre los fríos rieles de la memoria, ojeroso y viejo, un tren viajero se precipita oxidado sobre la selva, tis, tras, tras, tis. Dentro de una caja, en el último vagón… una mujer dormida. “Sal de ahí” dirán. “La próxima estación traerá penumbra, y niebla, y oscuridad”, “no temas”, se escuchará al fondo. Tras las ventanas de hojalata el día se tornará en noche, la jungla en agua, del color del sol y las flores fúnebres, en agua. El tren flotante recorrerá el camino sin sombras ni reflejos, la gente tendrá miedo, saltará un delfín. Al final del túnel la mujer abrirá los ojos, de collares puntiagudos perros negros ladrarán rabiosos, no gente, no nadie, perros. Escapará temerosa por una rendija, un tenor de larga cabellera le indicará el camino hasta un templo sacro. Y ahí, de formas inefables un diminuto hombre le mostrará su imagen, sobre las paredes: su imagen, congelados fragmentos de vida que nunca conoció, que nunca pasaron, sentirá que no es ella, que nunca fue, que nunca ha sido. Hará preguntas.