Leí mis propias manos
Y vi la muerte paseando
Entre dos senderos imprevistos.
Desde entonces
Me enseñé a cruzar los dedos
A cada cruce de caminos.
A un hombre taciturno
Le adiviné la suerte en el cementerio.
El encendido color de mi blusa
Parecía un pájaro en llamas
Sobre lajas y ángeles de yeso.
Vana ironía, adivinar el porvenir
Junto a una tumba.
Aunque lo intente,
No soy mejor adivina que la muerte.